Me opuse fuertemente desde el principio y voté en contra de la implementación de las sesiones virtuales.  Realicé mis alertas y disparos de advertencia para concientizar a la sociedad que las sesiones virtuales eran una trampa de Cristina Kirchner para inoperativizar, desnaturalizar y desvirtuar el funcionamiento del parlamento e impedir el control republicano para gobernar por decreto.

El gobierno ha encontrado en el mecanismo de las sesiones virtuales la excusa para ir hacia más autoritarismo y acelerar el «vamos por todo» recargado.

El gobierno ha profundizado el pasado, en una retrotopia que nos regresa a la peor concentración hegemónica del poder que se utiliza para ahondar la fragmentación, la división y los desencuentros de los argentinos.

Lo virtual no es real. Desde la organización nacional en 1853 en el país las sesiones son presenciales.

Antes de 1860, cuando se incorpora Buenos Aires, las mismas se hacían en Santa Fé, en La Manzana de las Luces y en distintos lugares hasta la inauguración del actual edificio del Congreso a principios del siglo 20.

El debate institucional es presencial y es una condición y requisito parlamentario. La virtualidad es una herramienta. Las herramientas no son ni buenas ni malas, dependen del uso que se les dé y depende de en qué manos estén y quién las use. Un martillo sirve para hacer un mueble o una silla o para lastimar a otra persona.

El Gobierno por decisión de Cristina Kirchner ha decidido implementar las sesiones virtuales para neutralizar el control parlamentario, para menguar su pleno funcionamiento y la tarea de la oposición en su control y fiscalización.

¿Qué es coherente con las responsabilidad institucional en este momento?

Sin dudas, que la primera gran responsabilidad que tenemos como diputados nacionales no es presentar proyectos, trabajar en las comisiones o votar, sino defender la división de poderes y preveer en ese sentido los costos que implican para la República convalidar sesionar de esta manera irregular. Un costo inmenso, que puede tener consecuencias más funestas y perniciosas que los propios efectos de la pandemia.

El show y la pantomima con que se concretaron las sesiones virtuales demostraron desde el inició que esto era un plan para que perdure en el tiempo y sacar leyes inconvenientes sin pagar costo político, ni tener que visibilizar la forma de votar estas leyes por propios y aliados, encorcetando a la oposición a quejarse detrás de una pantalla de computadora en tiempos breves de exposición,  cuando la conexión o Cristina Kirchner y Sergio Massa lo permiten y no cortan el sistema y el uso de la palabra.

Se han dado claras demostraciones, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, de que las sesiones virtuales han resultado ser un mecanismo de invalidación de la tarea legislativa en plenitud que afecta en forma predominante a la oposición.

Hasta se dio el absurdo de que la Diputada Fernanda Vallejos, miembro informante de la ley de ampliación del presupuesto por el oficialismo en Diputados, no pudo votar porque se le cayó la conexión, como a muchos otros diputados y senadores.

La democracia no es una aplicación. No se pueden votar leyes de fondo y de un impacto institucional inconmensurable de este modo.

El Congreso debe darle prioridad a las sesiones presenciales. No hay óbice ni impedimento alguno para sesionar de manera presencial, solo la conveniencia del Gobierno, para tener el control absoluto del poder con la excusa de la pandemia, para llevar adelante su avance contra la justicia y la división de poderes.

El Presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, declaró que no ve motivo alguno para dejar de sesionar de manera virtual. Más allá de declaraciones “pour la gallery” en otros temas intentando mostrar una independencia que no tiene de la Vicepresidente Cristina Kirchner, en éste tema manda un claro mensaje de alineamiento, en el sentido que trabajará para votar la Reforma Judicial que le garantiza el asalto a la Justicia de este modo anómalo y disparatado.

El Parlamento es el más grande respirador que tiene la República, asfixiar su funcionamiento es darle muerte a la República.

El gobierno busca establecer una historia oficial. Busca adueñarse de la verdad y aglutinar la verdad en su poder.

Esto es la muerte de la verdad y la supremacía de mentira que busca someter a medios, periodistas, opositores y ciudadanos a su idea de instalar una autocracia familiar, que funcione como una autocracia con envase democrático o a una autocracia con certificado de higiene democrático.

Lo vamos a impedir, vamos a dar pelea junto a la sociedad que tiene claro de que se trata la cosa y por dónde va este asunto y va a salir a reclamar y a apoyarnos en esta tarea política de no permitir que se use la pandemia para avasallar la Constitución Nacional y los derechos y garantías individuales que la Carta Magna consagra para todos los tiempos.

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