El oficialismo cree que ganar la elección los autoriza a hacer lo que desea.

Creen que ganar una elección es una licencia para hacer cualquier cosa y lo dicen. Ganamos, así que tenemos derecho, ustedes que han perdido deben llamarse a silencio, no pueden decirnos qué tenemos que hacer.

Esta lógica de pensamiento y justificación de lo actuado, es lo que sobrevoló la bochornosa sesión del 1 de Septiembre pasado, cuando el Presidente de la Cámara, Sergio Massa, decidió prorrogar el protocolo de sesiones virtuales manu militari sin consenso y buscando continuar con el escándalo de votar leyes fundamentales para nuestra democracia, de modo expréss, a la ligera, sin debate serio y real y con un formato que le asegura al oficialismo el quórum y aprobación de leyes sin pagar ningún costo político.

Antes Cristina Kirchner usaba el Congreso como una escribanía, pero al menos tenía que escuchar a la oposición, ahora con las sesiones virtuales ni eso está dispuesta a permitir.

Todo por el apuro de Cristina Kirchner, que sabe que se le acaba el tiempo y debe aprobar todos sus chanchullos antes de fin de año y de las elecciones.

Los plazos de la urgencia de la Vicepresidente le hacen subvertir los valores del sistema democrático, su urgencia le hace sustituir las reglas a su antojo e impera la tiranía de lo que hay que aprobar y sacarse de encima rápido.

Hay una sólo forma de hacer realidad estas necesidades y no es otra que poner en vilo al país, al propio presidente y a las instituciones de la República.

Cristina Kirchner expresa el no futuro, la ausencia de proyecto y políticas de Estado.

No es la urgencia la que nos impide desarrollar proyectos de largo plazo, sino que es la falta de proyectos lo que nos ancla en el corto plazo y en el puro presente. La Vicepresidente expresa esto y eso refleja el drama de nuestro país que el mundo azorado no entiende ni puede explicarse.

Alexis de Tocqueville a quien hemos seguido, nos advertía sobre las personas “que en la medida en que han dejado de situar sus principales esperanzas en el largo plazo, tienden a querer realizar sin retraso sus menores deseos”.

Las urgencias no son compatibles con la deliberación, la democracia y la división de poderes. Es la anti política, los autoritarismos y las autocracias las que se quejan de la lentitud del sistema para legislar y decidir.

El Congreso es un filtro, donde a través de la institucionalización de los disensos, se pone a salvo el futuro del corto plazo y la instantaneidad que pesa sobre los problemas, los debates públicos y las instituciones.

Sostuve aquel día 1 de septiembre al hablar en el parlamento, que ganar una elección no le da a uno ni la verdad ni la razón, que, si ganar una elección diera la verdad o la razón, todos inmediatamente deberíamos hacernos oficialistas y esto sería la muerte de la democracia.

Ganar da solo la legitimidad y esta se pone a prueba en cada día y acción de gobierno. Por ello sostuve que en democracia, la regla es el disenso y el consenso, tan difícil de lograr, es siempre una excepción.

Creer que ganar una elección da la verdad y la razón hace ver al otro como obtuso, como casi que moralmente fuera de lugar, equivocado y todavía con ánimo de hablar y decir cosas, cuando debiera uno callarse y tomar nota que no coincide con la mayoría que ha triunfado.

Esta idea antidemocrática, procura desvanecer la confrontación y asfixiar el debate de ideas. Considero que eso es lo que obliga a la oposición a una mayor responsabilidad política para defender sus posiciones, diagnósticos, análisis, propuestas y legítimas discrepancias.

Lo que se persigue es la descalificación del discrepante, aglutinar la verdad en el oficialismo, en sus verdades oficiales, sus cuentos y relatos. Eso paradojalmente es la muerte de la verdad.

El Gobierno, por el afán de Cristina Kirchner, procura establecer el reinado del discurso monocolor, la univocidad y el discurso que avale únicamente las soluciones que le da el Gobierno a los problemas. Eso es lo que se denomina la grieta y eso es lo que hace el Kirchnerismo desde que se hizo del Poder en la Provincia de Santa Cruz hace 30 años. Por eso he sostenido que es ese modelo el que se quiere nacionalizar. Se busca ir a Santa Cruz.

Disiento con quienes señalan que la grieta de los argentinos son las diferencias, las discrepancias, los distintos puntos de vista y las distintas miradas, los desacuerdos y antagonismos. La grieta es querer anular todo esto, verlo como negativo, señalarlo como inconveniente.

A tal punto reina esta confusión, según mi parecer, que se habla de la grieta de Juntos por el Cambio, por existir visiones diferentes del futuro y la forma de llevar adelante la oposición del gobierno, la grieta de vecinos que difieren en un tema, la grieta de los jueces que fallan distinto, de los artistas que tienen ideas distintas, de los periodistas por cómo trabajan o de los deportistas por como entrenan o encaran los partidos, o quién fuese para señalar la existencia de diferencias.

Eso no es la grieta. Yo viví en Santa Cruz, cuando no se hablaba de la grieta, pero padecíamos lo que ésta es, aun antes de haber sido bautizada de ese modo. La grieta es la descalificación del otro al extremo de intentar acallar su voz disidente y querer, destruir, rendir, subyugar y aniquilar al otro.

Esta es la grieta y eso destruye la democracia, porque esta presupone que ninguna instancia social pueda autoproclamarse como dueña de la representación de la totalidad o su interprete. Es querer arrogarse representación totalizadora.

Quienes llevan adelante esta división, ven como juicios incompatibles, opiniones molestas, actitudes conflictivas y posiciones irreverentes a todo aquel que piensa diferente. No ven algo enriquecedor en la pluralidad sino algo que hay que desterrar. Por ello que la grieta no es una avenida de doble vía.

No comparto con quienes sostienen que hay grieta y dan respuesta con grieta a la grieta. Simplemente hay quienes la promueven y quienes la padecen. No hay culpas compartidas.

Si esto fuera así, tendríamos que decir que Mariano Moreno, Bernardo de Monteagudo, Manuel Dorrego eran la grieta, cuando en verdad fueron víctimas de ésta y lo que les ocurrió es la mejor prueba de ello.  José de San Martín también habría estado en la grieta sin embargo es víctima de está y ello lo obligó a exiliarse.

La generación del 37 con Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, José Mármol, Florencio Varela no estaba en la grieta, fueron víctima de esta y estos hombres tuvieron que exiliarse; Sarmiento en Chile para morir en Paraguay, Florencio Varela asesinado en Uruguay. La grieta la ejecutaban los que no permitían sus discrepancias y no estaban dispuestos a negociar los desacuerdos y encauzarlos institucionalmente con madurez republicana y cordura cívica.

La grieta, repito, no es la existencia de diferencias, sino el desprecio por las diferencias a las que se les debe dar muerte.

Con cinismo líquido, se utiliza como argumento señalar que las diferencias generan división o conflicto, o expresan posiciones de odio.

A la grieta, todo demócrata que se precie de tal la combate y no siente que hacerlo es estar a la altura de quienes la promueven o hacen reinar.

También quienes padecemos la grieta del Kirchnerismo debemos tener cuidado de los discursos equilibristas que esconden intereses, deseos, y aspiraciones que se mantienen ocultos tras la apelación a la importancia de los consensos que el país necesita.

Los consensos no son ni deben ser acuerdos definitivos, son excepcionales. La política busca ser un ámbito civilizador, no es un canal para lograr el consenso absoluto o la uniformidad. Es un compromiso para conciliar intereses divergentes no para concluir con ellos.

Por eso, para que haya política no hace falta un consenso amplio. El único acuerdo fundamental es sobre los medios de la política (el respeto de las reglas de juego, reglamentos, respeto por lo decidido por la mayoría e inclusión de las minorías). Por eso lo ocurrido el 1 de Septiembre cuando el oficialismo intento prorrogar, solo porque así lo deseaba, el protocolo de sesiones virtuales no fue un escándalo donde hubo dos responsables, sino uno: el oficialismo. Estaban quienes querían violar el reglamento de la Camara y la CN  y quienes nos defendíamos de ello y lo queríamos hacer cumplir.

La política fracasa cuando algún actor político nunca por principio acepta concesiones. Esa es una actitud fanática. Y la política justamente es desde sus orígenes la resistencia contra la imposición, la confrontación y la exclusión, tal como señale el 19 de Diciembre en el congreso cuando el gobierno aprobó la emergencia económica y alerte sobre lo que esto significaba y lo que se venía en el país.

Juntos por el Cambio debe estar unido, fragmentarnos o deshilacharnos como oposición al Kirchnerismo convertirá en una quimera la representación de quienes nos votaron y esperan elaboremos un proyecto de desarrollo para gobernar el país. Eso se empieza a jugar en las elecciones legislativas del año que viene.

Debemos complementarnos en el espacio y fortalecernos, afianzar las diferencias entrelazándolas. Aquí no hay unidades forzadas. La armadura de Juntos por el Cambio se solidifica organizando la viabilidad de la coalición en todos sus aspectos, dotándola de institucionalidad y organicidad, asegurando desde la competencia y la integridad un mayor volumen político. Como coalición debemos procurar los acuerdos de forma y de fondo, de acciones y programas que constituyan una propuesta de acción política al servicio del país.

El oficialismo busca el poder absoluto y eso es el fracaso de la política.

Ese es el desafío de Juntos por el Cambio. Estar unidos, mas debate, mas política, menos marquesina. Debemos hacer de la democracia un ejercicio de racionalidad frente a la desmesura que quiere el hegemonismo de la autocracia.

 

Alvaro de Lamadrid

Diputado Juntos por el Cambio

 

 

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