El papa Francisco es el primer obispo latinoamericano en asumir la jefatura de la Iglesia católica en la historia de la humanidad. Ese dato lo coloca en una situación especial con respecto a su en continente de origen por dos motivos.
En primer lugar, porque se espera de su pontificado una mejoría en los problemas y padecimientos históricos más acuciantes del continente. En ese aspecto, se descuenta el esfuerzo del Papa en esa dirección. En segundo término, porque América Latina, pese a contar con unos 425 millones de católicos, experimenta un descenso de feligreses en casi todos los países de la región y el Vaticano, que ha tomado nota de ello, reacciona con una presencia más activa en la región para frenar esa realidad que preocupa.
Ello explica las constantes apariciones, audiencias e involucramientos del Papa Francisco en América, pese a que el continente no está en las posiciones más altas, en términos de importancia geopolítica, para Roma y el poder político del mundo.
Por ello, la primera intensión del Papa fue visitar América, cuando en 2013 a poco de empezar su pontificado realizó una tumultuosa visita a Brasil para reunirse con jóvenes. En poco tiempo Francisco volvió a su subcontinente natal, en el marco de una gira de una semana que lo llevo a recorrer Ecuador, Bolivia y Paraguay.
Posteriormente Cuba, EEUU, la Asamblea General de la ONU y México, también marcaron recientemente su disposición por América donde ha dejado su mensaje crítico con lo que denomina un “acostumbramiento” a la pobreza.
Desde su época de Arzobispo de Buenos Aires, donde ha reprochado abiertamente a la sociedad y al Gobierno argentino de ése entonces, por no impedir el aumento de una pobreza, que llegó a definir como “inmoral, injusta e ilegítima”, el Papa Francisco pronuncia discursos que molestan al poder y se interpretan en clave política más que espiritual o religiosa.
El Papa Francisco, es bueno recordar; ha llegado a declarar con acierto a mi criterio que “es deber de los cristianos involucrarse en política, aunque esta fuese demasiado sucia”. Todo ello, deja en claro, que sus acciones y sus palabras, no son ingenuas, neutrales o se dan desprovistas de contenido político. Lo que no quiere decir empero que el Papa todo lo realice en clave política.
Señalo pues y pongo de relieve de tal modo que el Papa Francisco, conoce de antemano, el impacto político que pueden tener sus gestos, acciones y mensajes, aunque muchas veces, no persiga dar mensajes políticos de manera preeminente y premeditada. Pero resulta claro, que los gestos o simbolismos han sido el modo inmemorial en que la Iglesia Católica y los Papas, más aún el Papa Francisco, –con suma habilidad y carisma- han expresado así, la capacidad para lograr dogmatizar esos símbolos y encontrar de ese modo su fuente de poder espiritual con el cual se negocia con el poder político.
La religión es un fenómeno social y cultural, pero la Iglesia Católica es una Institución y un Estado que ejerce un control y un monopolio de esas visiones o creencias socioculturales.
El Papa Francisco como ningún otro Papa moderno, es visto en su continente como el que más claramente ha puesto de manifiesto que la Iglesia no es sólo un poder espiritual, sino también un poder material, directamente político. Y ello paradójicamente molesta en el continente. En América la Iglesia tiene un poder espiritual enorme y sus feligreses tienen una mirada también puramente espiritual de su iglesia.
En América, no agrada ver al Papa pivoteando entre esos dos mundos, negociando políticas e inmiscuyéndose en cuestiones políticas con participación activa y promotora. El Papa ha hecho y viene haciendo todo lo contrario en América.
Por eso, sus pasos por el continente americano, si bien recogen la admiración el afecto y la devoción de sus fieles por las características personales del Papa Francisco: humildad, dialogo, solidaridad, sencillez y cercanía con los más humildes, también son controversiales, polémicos e inentendibles para muchos otros, que no dejan de reconocer sus valores.
El Papa, no es visto ya en América, como un árbitro espiritual de problemas políticos, sobre los cuales interviene para marcar un camino. En muchos países de América, se lo percibe, como tomando parte en determinados conflictos políticos. Quizás, el Papa actué de ese modo, para evitar lo que considere mayores problemas políticos o la agudización de los mismos ante el polvorín social que es la injusticia, la desigualdad y la pobreza del continente.
Puede considerar que sus acciones sean conducentes para evitar tragedias sociales que traigan desunión y vulneren la paz social endeble que experimentan algunos países.
Muchos dirigentes políticos en América, también consideran que agitando fuertemente los casos de corrupción y su castigo, esto pueda generar un hastió de la política y un peligro para la continuidad de la democracia en América. El Papa parece moverse en esa línea de pensamiento.
Considero un error esta mirada. Nada daña más a la democracia, que la falta de rendimiento del sistema democrático. Y la mayor falta de rendimiento del sistema democrático se expresa cuando el poder no puede ser investigado y se permite que este se coloque por fuera de la ley. Eso genera hastió, impunidad.
Lo cierto es, que en todos los países esta estrategia política del Papa, es vista más como un problema que como una solución que contribuya a apaciguar y alejar el malestar social ante la corrupción, las violaciones a los derechos humanos, la pobreza, la droga, el terrorismo y la desigualdad.
En Colombia los esfuerzos del Papa para lograr la Paz del Presidente Santos y las Farc, son criticados por no contemplar el malestar social de una Paz sin justicia para las víctimas y una Paz en la que sólo ganan las Farc.
En mi país ha sido desafortunada la decisión y el momento por el cual el Papa Francisco le enviará un rosario a Milagros Salas, líder en Jujuy en la organización Tupac Amaru, que manejaba por decisión del anterior gobierno de fondos públicos millonarios para construir viviendas y manejar planes sociales sin control en forma inaudita, con un poder inmenso paraestatal, quién está siendo investigada por causas de corrupción y narcotráfico.
Lo que se cuestiona del Papa y cuesta aceptar, es que no se percate de evitar dar mensajes contradictorios frente a un tema que el mismo ha cuestionado con claridad y firmeza como lo es: la corrupción y el abuso del poder. Su gesto, de ese modo, desafortunadamente, se ha interpretado más como un gesto de apoyo que como un gesto de clemencia, misericordia o perdón.
Nadie es profeta en su tierra. El Papa hoy cosecha una inesperada incomprensión en Latinoamérica. Donde ha procurado dar sus mayores esfuerzos y ha puesto su mirada y preocupación. Es que en Latinoamérica, la política no ha logrado disminuir la pobreza, y todos sus problemas se han agravado significativamente, sobre todo el drama del narcotráfico, donde el continente está a merced de los grupos narcos.
El Papa lo sabe, por eso a veces se excede en su rol, y parece más un político que un Papa.
Es que en definitiva, esto ocurre por cuestiones que son muy propias del Papa Francisco y muy personales. Tienen que ver con la impronta de su formación y el sesgo que le quiere dar el Papa a su pontificado. Es algo que le cuesta disimular y que explica su actuar en América. De que hablo?
Hablo de cuanto le importa al Papa Francisco influir en lo político en América.



