La muerte del niño Sirio Aylan Kurdi en las playas de Turquía es una vergüenza y una afrenta que humilla a toda persona de bien y moralmente bien constituida. Es la muestra cabal de la indiferencia de los gobiernos ante la tragedia y el drama de la guerra y el hambre que origina la necesaria inmigración.

Este dolor, en una foto que interpela sobre la indiferencia del mundo entero y la naturalización de situaciones que se contemplan sólo como tristes noticias, y ya han causado este año la muerte de 1600 personas, perecidas y ahogadas en el Mediterráneo. Lampedusa, Siria, Ucrania, África, Asía, gente escapando del dolor, de la muerte, del hambre, ante la indiferencia de quienes creen que estos problemas se solucionan cerrando las fronteras, construyendo muros, deportando extranjeros o prohibiendo el ingreso a los países de los mismos.

Europa se debate sobre qué hacer con los migrantes, mientras siguen muriendo niños. Alemania busca encabezar el proceso de concientización humanista del problema, mientras Francia abandona aturdida por sus conflictos internos con extranjeros su posición progresista ante estos padecimientos de hermanos. En América también se dan noticias sobre el tema. Donal Trump cosecha voluntades prometiendo expulsar latinos e inmigrantes y devolverlos a sus países y Maduro echa de Venezuela a colombianos ante el fracaso de sus políticas, la inflación, la corrupción y la falta de alimentos.

Nos aturdimos como sociedad frente a estos problemas y perdemos claridad. Muchos pierden humanidad en lo que creen su derecho a fijarse sólo en lo de uno, o primero en los propios. El otro es uno. Debe prevalecer la ética de la solidaridad sobre el frío egoísmo que nos deshumaniza.

Somos ciudadanos del mundo. Estamos todos en esta misma nave que es nuestro planeta en el cual nos movemos en el Universo. Miguel de Unamuno, gran humanista, sostenía que el “Racismo se cura leyendo y el nacionalismo se cura viajando”. Cuando uno se deja de conmover ante el dolor ajeno, pierde todo lo bueno que puede tener para aportar a la sociedad y a sus pares.

Mi país Argentina, siempre mantuvo una hermosa y solidaria tradición, que está plasmada en el Preámbulo de la Constitución Nacional de 1853, al fijar como uno de los objetivos y propósitos del país, “que todos los hombres del mundo puedan habitar el suelo Argentino”.

Y lo hemos cumplido. Italianos, Españoles, y miles de Europeos escapando de la guerra, como hoy, vinieron a Argentina y fueron recibidos como Argentinos, Judíos, Asiáticos, Rusos, Árabes, Inmigrantes de Europa Oriental, Galeses, Alemanes, Ingleses en la Patagonia, Bolivianos, Chilenos, Paraguayos, Colombianos, Cubanos, Venezolanos, Ecuatorianos, Peruanos y de muchos lugares más.

Por lo expresado, duele como Argentino la abstención del Gobierno en la OEA sobre la situación que viven miles de colombianos expulsados de Venezuela por el régimen de Maduro, que luego de apresar y silenciar a sus compatriotas injustamente, echa a los colombianos por falta de alimentos. Adviértase que digo Gobierno Argentino, y no pueblo, porque el pueblo argentino si es solidario con sus hermanos colombianos.

Colombia obtuvo en la OEA 17 votos favorables entre los 34 miembros de este órgano hemisferio. Necesitaba 18 para que se aprobara la reunión. En contra de la propuesta colombiana estuvieron Venezuela, Haití, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Por su parte, Costa Rica, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Guyana, Jamaica, México, Paraguay, Perú, Uruguay, Santa Lucia, Bahamas, Barbados, Canadá, Honduras y Chile votaron con Colombia en respaldo de la reunión.

Los once que se abstuvieron fueron: Granada, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, Antigua y Barbuda, Belice, Brasil y Argentina. Esto sucedía en la OEA, mientras en las aguas del Mediterráneo la muerte le llegaba a quienes paradójicamente se aventuraban a lo desconocido para intentar escaparle.

La situación que vive hoy Europa la anticipo José Saramago, al decir: “El desplazamiento del Sur al Norte es inevitable; no valdrán alambradas, muros ni deportaciones: vendrán por millones. Europa será conquistada por los hambrientos. Vienen buscando lo que les robamos”.

Aylan, el nombre del niño Sirio de 3 años muerto y ahogado, cuya imagen no se borrara de este mundo; significa “Amado por todos” y “Anima a todos con su presencia”. Es un mártir, Ojalá nos ilumine para que frente a éste y otros problemas podamos pensar con humanidad y buscar las soluciones que terminen con el dolor, la desgracia y las muertes absurdas.

Su cuerpo tendido en la playa Turca será imborrable. Que sirva para que defendamos ideas nobles, dignas, solidarias, humanas y no simples posiciones de comodidad y egoísmo frente a las cosas. Porque más daño produce al mundo el egoísmo que la maldad.

No hacía falta que muera Aylan para que entendamos que no hay extranjeros en el mundo. Somos todos humanos. Nosotros, en todo caso los humanos, somos extranjeros en éste Planeta.

Fuente: http://www.minuto30.com/dana-mas-la-indiferencia-que-la-maldad/384070/

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