La mayor impostura cínica de los Kirchner en todos estos años fue presentarse como lo que nunca fueron ni serán: progresistas. Algunos les creyeron, otros hicieron que les creían y los más pasaron a repetir lo que decían los que instalaron esa mentira. El mayor y más eficiente relato de estos años fue el disfraz ideológico.

El único proyecto de los Kirchner fue un proyecto de poder, un poder sin moral que rearmó al Estado y lo organizó para delinquir. La irrupción de los Kirchner en el poder nacional quedará en el recuerdo de la historia como la época de la política del poder bruto.

No hay distingos entre el kirchnerismo y la derecha, porque los Kirchner son de derecha. Comparten el mismo pensamiento: que las desigualdades son naturales y que el hombre nace desigual, por lo tanto, nada se debe hacer para intentar cambiar eso.

Su proyecto de país siempre supuso una sociedad con altos niveles de exclusión, más allá de su política de asistencialismo sin oportunidades y de las compensaciones retributivas, presentadas siempre como hechos del príncipe, piedra basal del populismo conservador. La provincia de Santa Cruz, donde gobiernan desde 1991, es la muestra de esta forma de concebir el poder.

La prueba de ello es que la brecha entre pobres y ricos se agrandó en los últimos años, y ese dato, más allá de los discursos, es el que define el modelo de los Kirchner como derechista. Lo único diferente fue cómo se usó el Estado.

Los Kirchner, que en los noventa privatizaron las empresas del Estado con Carlos Menem, al llegar al poder, privatizaron el Estado para sí, para usarlo en su provecho y hacer negocios, para manejarlo como una empresa propia, de la que se convirtieron en el principal empleador del país.

Reconstruyeron el funcionamiento del Estado sólo para hacer de su apoderamiento un poder más hegemónico y omnipresente. Afirmaron, así, una lógica de abundancia para pocos y pobreza para muchos. Los Kirchner han sido el premenemismo en la Argentina.

La concepción de derecha de Carlos Menem consideraba vital un Estado desmantelado, la de los Kirchner, un Estado más grande, porque consideraban que esa era la condición vital para acumular poder, dinero y negocios. La diferencia, pues, es el tamaño del Estado, pero nunca la concepción socioeconómica, que es la de la derecha. Los ricos de la Argentina, pese a no reconocerlo, deberían estar agradecidos a los Kirchner, porque nunca ganaron tanto sin control alguno como en su Gobierno.

En el mundo hay una doble tensión. La primera es entre la eficiencia y el progresismo, y la segunda, entre la democracia y los derechos humanos. No es progresista quien no es eficiente y no puede velar por los derechos humanos quien no es democrático. Los Kirchner no han sido nunca ni eficientes ni democráticos, es decir, no son progresistas y no les interesan los derechos humanos.

Son populistas de derecha y conservadores culposos, de ahí que en todos estos años han intentado disfrazar y darse baños de las cosas que anhelaban ser y no eran. Comprar gente, banderas y causas nobles y ponerlas a defender su corrupción delictiva ha sido un viejo manual que viene desde Santa Cruz, que tanto conozco y he denunciado.

Por ello, compraron la causa de los derechos humanos para ser vistos como democráticos, y por ello la ex presidente Cristina Kirchner organizó un acto con símbolos de nuestro partido, llevando al absurdo esa estratagema.

Grotesco e insultante eso de querer reescribir nuestra biografía. Ponerse a sí misma como continuadora de las luchas de Hipólito Yrigoyen, de nuestra causa y honestidad cívica, de la que carece, merece mi total repudio ante tal afrenta.

Lo peor que nos ha pasado como sociedad no es haber caído en la trampa de que los Kirchner eran progresistas, sino el hecho de haberlos tratado como políticos.

@AlvarodLamadrid

El autor es dirigente de la Unión Cívica Radical.

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