Es sabido que el pésimo desempeño económico fraguado y ocultado por años que dejó el kirchnerismo condicionó el margen de maniobra del Gobierno. Así fue pergeñado. Pero, a la vez, ese entramado de corrupción, déficit, desastre energético, falta de competitividad, default y deuda nos exigía mayor creatividad política y mayores esfuerzos de imaginación en estos años venideros.

Como consecuencia, del tiempo de los Kirchner, donde todo lo excepcional fue regla, nos quedó un horizonte donde la discrecionalidad de la política fiscal no solo sería limitadísima, sino que además imponía ponerle freno al derroche del gasto público.

Necesitamos inversión y ahorro. Una mezcla que se obtiene de incentivar la actividad privada, por un lado, y eliminar el derroche y la rapiña de recursos públicos, por el otro. Sanar y sanear la economía. Solucionar la política de subsidios, que no fueron otorgados para ampliar la infraestructura para proveer mejores servicios públicos colectivos, ni operaron como incentivos productivos para garantizar obras públicas privadas, orientadas a mejorar rutas, trenes hospitales y escuelas. Los subsidios fueron para robar dineros públicos y desviarlos a través de triangulaciones, lo que causó muertes y atrasos; configuró una economía mediocre y malograda.

La contracción fiscal del gasto público, con el debate del impuesto a las ganancias, primero, y luego con la llamada “reestructuración” o “reforma en el Estado”, la reforma previsional y las tarifas últimamente de la misma manera, se llevó adelante sin poder abandonar la tentación de imponer, sin renunciar a la unilateralidad o a la amenaza y sin pensar en el largo plazo.

Se hicieron luego posteriores y necesarios ajustes, y concesiones para salvar las medidas y garantizar su entrada en vigencia, pero se perdió la posibilidad de enriquecerlas y mejorarlas, pensando en el largo plazo.

La búsqueda de soluciones planteadas desde una concepción instantaneísta, que privilegia lo urgente y la inmediatez, que supedita siempre las decisiones políticas a los plazos electorales es lo que debemos abandonar. La lógica de la urgencia y las respuestas automatizadas nos impide y aleja del hecho de hacer de los problemas algo productivo, que sirva para afianzar nuestra capacidad de representar el futuro.

Necesitamos enriquecer el espacio público y la forma de debatir sobre nuestros problemas. Con otra imaginación, dejándonos interpelar por otros puntos de vista y dando lugar al descubrimiento de otras propuestas, no clausurando de antemano la discusión con el pretexto de que las cosas no pueden hacerse de otra manera y es inexorable abordarlas tal como se plantearon.

Y no hablo de hacerles el juego a quienes no quieren contribuir con el país, sino entorpecer y desestabilizar, al calor de la abstinencia de poder que unifica rápido a quienes así piensan y actúan, jugando a la táctica política de causar daño montándose sobre los problemas que ellos mismos causaron, sino que hablo de atender las diferencias internas sin neutralizarlas ni privatizando su existencia y valores. La politización de las diferencias internas y de quienes quieren aportar a la solución de los problemas con propuestas sin volver al pasado, es sano no solo respetarlas sino hacerlas valer.

Muchas de las cosas que nos suceden en la política actual tienen una explicación en esta idea que busca favorecer la homogeneidad; deja nulo espacio para el disenso y la diferencia. La política no garantiza la unidad, sino que es abogada de la diferencia, no persigue la desdiferenciación, sino que institucionaliza la diferencia y el disenso.

¿Qué debemos evitar? Que el debate de la política gire sobre lo inmediato y lo superficial, o solo sobre problemas locales a los que se les da exclusiva prioridad, por sobre las decisiones de mediano y largo plazo, y las grandes decisiones nacionales o internacionales.

El futuro viene de la mano de la discusión del Estado que queremos, qué previsiones e inversiones de largo plazo queremos hacer y cuáles van a ser las decisiones ligadas con la política exterior que vamos a sostener.

El autor es dirigente UCR.

Comentarios

comentario

Facebooktwittergoogle_plusmail